¿Por qué somos polvo de estrellas?

Gracias a Carl Sagan y sobre todo a su serie televisiva “Cosmos: Un viaje personal«, muchas personas experimentaron ese sentido de lo maravilloso del Universo junto a él: prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Sagan fue el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación.

Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el “pálido punto azul que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.

A propósito de que el 9 de noviembre Sagan hubiera cumplido 80 años de vida, hagamos un recorrido por algunos de los aspectos más importantes de la vida de esté científico, de la mano del periodista E.J. Rodríguez, que escribe para Jot Down.

Sagan y el cosmos

El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos.

El ser humano, nos decía Sagan, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo importante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.

Somos polvo de estrellas: Una explicación de las ideas de Carl Sagan. Video: Reactions

Sagan y la comunidad científica

Sagan contribuyó significativamente a la ciencia astronómica, particularmente con sus análisis de las atmósferas y superficies planetarias en una época en la que apenas se disponía de información fiable.

Sin embargo, estas aportaciones resultaron empequeñecidas por su papel como divulgador. Hoy sabemos que en la comunidad científica existieron muchos recelos hacia Sagan y su siempre creciente fama.

Académicamente hablando, Sagan pagó un precio por esa celebridad. En 1967, cuando era profesor interino en Harvard, le denegaron una plaza fija pese a sus extraordinarias dotes como docente, dotes bien documentadas por su alumnado. Tuvo mucho que ver el que hubiese empezado a aparecer en televisión el año anterior, algo que no agradaba en la elitista universidad. Tras aquello, Sagan se marchó a la Universidad de Cornell para poder obtener una cátedra fija.

En 1992, siendo ya una celebridad internacional, Sagan fue nominado para el ingreso en la Academia Nacional de Ciencias. Su candidatura originó un debate acalorado en la academia y la  candidatura de Sagan fue rechazada cuando la mitad de los miembros votaron negativamente, algo que no sucedía a menudo. Ni siquiera importaron detalles como que Stephen Hawking lo hubiese elegido como prologuista para su Breve historia del tiempo.

Tras su muerte, la Academia corrigió el error haciéndolo miembro honorífico.

Sagan y la religión

Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término ateo porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance. Así pues, prefería definirse como agnóstico. Sin embargo, su discurso no era exactamente el de un agnóstico.

Según sus allegados, Carl Sagan era “ateo en todo excepto en el nombre”, lo cual es una buena definición de su actitud. Su amigo David Grinspoon, por ejemplo, diría que en la práctica Sagan era prácticamente indistinguible de un ateo que use ese término para definirse.

Su actitud podía parecer contradictoria, pero lo era más que nada a niveles semánticos. Sagan no creía en Dios y con frecuencia calificó el concepto de un Dios personalizado, como el que se venera en casi todas las religiones, de pura fantasía.

Es más: en sus últimos años, cuando era consciente de que la enfermedad podía llevárselo a la tumba, se preocupó muy mucho de dejar claro que no había comenzado a creer en Dios o en una vida ultramundana ni aun con la perspectiva de una muerte cercana. Incluso sabemos, gracias a su correspondencia publicada póstumamente, de su disgusto cuando alguno de sus colegas científicos consideraba la idea de abrazar la fe en algún dios. Si algo así sucedía, Sagan le enviaba una carta repleta de razones por las que consideraba intelectualmente indefendible la creencia en un dios personal.

A menudo lo invitaban a encuentros organizados por asociaciones religiosas para que su opinión sirviera de contraste, pero Sagan era extraordinariamente escrupuloso a la hora de aceptar.

Sagan fue uno de los más notorios representantes del pensamiento escéptico, entendiendo como tal la no aceptación de la certeza de un hecho sin las necesarias evidencias que la sostengan, y acostumbraba a repetir el principio de que “afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. Pese a manifestar una y otra vez su desaprobación intelectual hacia cualquier tipo de pensamiento mágico, incluyendo el de las grandes religiones, recordaba que mientras hubiese una pequeña posibilidad de que existiese un dios, él no se sentía capacitado para descartarla.

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Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)

Sagan y la marihuana

Carl Sagan fue un ávido consumidor de marihuana durante muchos años, aunque esto no se supo hasta después de su muerte, cuando sus allegados lo hicieron público. A mucha gente le sorprendió saber que un científico de aspecto tan formal había fumado cannabis habitualmente.

A Sagan siempre le preocupó mucho que la difusión de este hecho pudiera dañar a su carrera. Pensemos que su popularidad se cimentó en unas décadas donde el consumo de marihuana era considerado por mucha gente casi como un signo de personalidad antisocial.

Él, sin embargo, comprobó en primera persona que los mensajes emitidos sobre el gobierno sobre los peligros de la marihuana eran una exageración.

Pese a sus preocupaciones, el público nunca supo de su afición al cannabis. Sin embargo, tiene cierto sentido cuando lo contemplamos desde hoy. Sagan publicó muchos libros y artículos, pero en realidad escribía poco; acostumbraba a dictar ideas sueltas y textos a una grabadora que llevaba siempre consigo; después una secretaria lo transcribía a papel.

Sagan y la política

No resulta fácil trazar un perfil convencional de sus opiniones políticas, aunque sí se le podría definir como liberal en el sentido estadounidense del término.

Sagan fue, como bien sabemos, un estrecho colaborador de la NASA, e incluso llegó a tener un perfil alto como asesor militar, hasta el punto de que estaba autorizado a consultar documentos calificados como alto secreto. Sin embargo renunció a colaborar con las Fuerzas Armadas en el mismo momento en que su país se involucró en la guerra del Vietnam, a la que se oponía abiertamente.

Desde entonces se caracterizó por un mensaje abiertamente pacifista. También se opuso a la proliferación nuclear y fue muy activo en contra del programa de Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan.

También se oponía a los totalitarismos y recordaba siempre que buena parte de sus familiares europeos, judíos casi todos ellos, habían sido asesinados en los campos de exterminio nazis.

Sagan y el calentamiento global

A menudo expresó su preocupación por el fenómeno del calentamiento global en la Tierra, considerando que los gobiernos y las sociedades no se lo tomaban lo bastante en serio. Nos recordaba que el efecto invernadero no se corrige por sí mismo.

Sagan veía las cosas a escala planetaria e intentaba que los poderes públicos las viesen así también. Los procesos de la atmósfera de un planeta nada entienden de intereses económicos o políticos, y funcionan por sí mismos, más si la actividad humana pudiese contribuir a empeorar sus efectos. La sola posibilidad de que así fuese le parecía motivo más que suficiente para prestar mucha atención al asunto.

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«Pale Blue Dot», la imagen lejana de la Tierra —el pequeño punto sobre el rayo de luz amarillento— tomada desde seis mil millones de kilómetros, por iniciativa de Carl Sagan. Foto: NASA. (DP)

Sagan y las mujeres

Siempre se consideró un feminista. Aunque públicamente apenas hablaba de su vida personal, sabemos por su correspondencia que le marcó profundamente el destino que habían tenido sus padres.

Carl Sagan se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Sabemos gracias a su primera mujer que su matrimonio fracasó porque dedicaba demasiado tiempo a su carrera y poco a su familia; probablemente sucedió lo mismo con el segundo matrimonio. Su tercera esposa, Ann Druyan, fue no solamente su relación más estable sino una estrecha colaboradora en el ámbito profesional (de hecho le ayudó a escribir la serie Cosmos). En todo caso, buscó activamente en sus parejas una contrapartida intelectual, una igual, y en privado lamentaba que su madre no hubiese gozado de las mismas oportunidades.

Sagan y los alienígenas

Sagan creía en la existencia de vida extraterrestre, incluso en la existencia de civilizaciones alienígenas, mucho antes de que fuesen descubiertos los primeros planetas más allá del sistema solar. Para él era cuestión de pura lógica: si la raza humana era producto de procesos naturales, y siendo el universo tan grande, por la pura fuerza de los números debían existir otras razas avanzadas en planetas con unas igualmente condiciones favorables para la vida compleja.

Esa creencia está bastante extendida entre otros científicos y resulta bastante razonable, pero hoy por hoy no se ha detectado la más mínima señal. Sagan defendió hasta el final la creencia de que no tiene sentido pensar que somos la única especie tecnológica en el universo, ni siquiera en nuestra propia galaxia.

Sagan y el futuro

Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso.

Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es.

Lo verdaderamente importante es que Carl Sagan, más allá de su coyuntura y de sus cualidades o defectos personales, mimó y cuidó su mensaje hasta el más mínimo detalle, como un compositor de sinfonías. Lo resumió en una serie de televisión, el más improbable de los medios, y consiguió crear poesía mientras transmitía conocimiento. Y ese mensaje de divulgación es puro, mucho más poderoso de lo que cualquiera excepto él podría llegar a expresar. Nosotros somos insignificantes; el universo no lo es. Y no podría ser más hermoso si fuese de otra manera.

 

 

FUENTE: JOT DOWN